AgentesForestales

  • Full Screen
  • Wide Screen
  • Narrow Screen
  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size

La vigilancia forestal durante la Edad Media

E-mail Imprimir PDF

 

 

Historia de la Guardería Forestal en España

 

 

Resulta obvio que una revista que tiene entre sus objetivos primordiales la difusión de todo aquello que atañe a los Agentes Forestales, debía abordar el capítulo de la historia de la Guardería Forestal desde sus orígenes, un tanto difusos, hasta nuestros días, en los que una situación de cambio permanente que afecta a todas las CCAA caracteriza a este colectivo que busca un estatus profesional acorde con el importante abanico de funciones que debe atender.

Carlos Tarazona, colaborador habitual de Guardabosques, nos obsequiará en varios capítulos con un repaso a lo que ha sido la historia de estos funcionarios públicos al servicio de la conservación del medio natural, con un material inédito que supone una avanzadilla del Libro que está ultimando y que tanto estamos esperando: Historia de la Guardería Forestal en España.

Por Carlos Tarazona Grasa. Agente Forestal

Desde tiempos inmemoriales han existido sobre la faz de la tierra, con unos criterios u otros, personas encargadas de velar por la conservación de los bosques. El concepto de conservación / protección, ni mucho menos ha sido siempre entendido según la percepción contemporánea. A lo largo de los siglos ha llegado a variar sustancialmente, lo cual ha condicionado sobremanera la forma de aplicar las distintas medidas. Desde la perspectiva histórica, los intereses que provocaban esta necesidad de proteger, también han sido diferentes: promovidos desde las casas reales, por particulares, vecinales, cinegéticos, religiosos... o más recientemente, simplemente conservacionistas. Cabe recordar aquí que, según estudios arqueológicos, hace nada menos que unos 5.000 años ya se explotaban cuidadosamente algunos bosques. Así es como en el sur de Inglaterra-Somerest Leveisse emplearon troncos y ramas rectas de mediano y pequeño grosor, que una vez entrelazadas entre sí formaban el lecho de los caminos de aquella zona.

En la cabecera del cauce del Nilo, los faraones ya disponían de empleados dedicados a cuidar el arbolado que crecía en dicha zona. Artaxerxes, rey de Asiria, encargó al alcayde y guarda mayor de los bosques reales de la Syria, la provisión de la madera necesaria para reedificar el templo de Jerusalén. Ciñéndonos a la Península Ibérica cabe señalar que ésta no siempre estuvo cubierta por ingentes masas boscosas, pues se ha constatado que desde siempre han existido en la misma amplias zonas de estepas. La famosa ardilla y su arbóreo recorrido citada por Estrabón, geógrafo e historiador griego, resulta poco rigurosa en virtud de lo que ahora se conoce.

En los inicios de la Edad Media ya comenzaron a aparecer infinidad de textos legales, conocidos como Códigos, Fueros, etc., en los que se contemplaban de forma sorprendentemente clara y concisa, preceptos relacionados con la vigilancia de los bosques. Estos textos también señalaban medidas de castigo para todo aquél que contraviniera dichas normas. Cabe señalar aquí que fue este aspecto donde más incidieron estas primeras disposiciones medievales: Código de Alarico o Breviario de Aniano, Fuero Juzgo, Capitulare de Villis, Fuero de Sepúlveda... En estos textos apenas quedó definida una figura encargada de velar por el cumplimiento de los preceptos contemplados en los mismos. Se limitaron en la mayoría de los casos a encargar a los propios vecinos las labores de vigilancia y su aplicación.

                Al mismo tiempo, la presión humana como consecuencia del progresivo aumento de la población, y por tanto de la necesidad de nuevas superficies tanto para cultivo como para pastoreo, hizo que la presión sobre las superficies boscosas aumentara con las lógicas consecuencias. Hay que recordar también en este punto las importantes y nefastas consecuencias que para los bosques supuso la guerra entre cristianos y musulmanes. Una estrategia muy usada en estas fechas fue el incendio premeditado de amplias superficies boscosas por parte de ambos bandos para evitar así que estas se convirtieran en refugio de unos y otros. Es aquí donde, según algunos historiadores, debemos buscar el origen de la expresión “emboscada”.

                La Casa de Castilla, a través de su monarca Alfonso, fue quien primero se decidió a crear y organizar un colectivo dedicado en parte a los menesteres que nos ocupan. Así fue que por medio de la Ley de Monteros se crearon los cargos de Montero Mayor de Castilla, Sotamontero, Montero de Trailla, de Lebrel y de Ventores. Para ocupar estos oficios fueron nombrados hombres expertos acostumbrados al ejercicio y formados en tierras donde había montes.

                Antes de que apareciera la anterior ley, ya existían dos pequeños colectivos que de alguna manera se dedicaban a preservar de un modo genérico los valores naturales de determinadas áreas propiedad de diferentes propietarios reales. Así, la Casa de Borgoña tenía organizado un colectivo bajo la denominación de Real Ballestería. Por su parte, la Casa de Castilla contaba con la Real Montería. Básicamente, el cometido de ambos colectivos convergía en uno común. Su misión era la de controlar que en los territorios reales de sendas casas, la riqueza cinegética y forestal no fuera aprovechada por ajenas. Es decir, además de vigilar qué aprovechamientos forestales se realizaban y quien era el beneficiario, debían de conocer en todo momento la densidad, lugares de querencia y paso de diferentes especies cinegéticas, para, basándose en estos conocimientos, organizar batidas de caza en las que participaban numerosas personalidades de la nobleza y la realeza.

               

Al frente de la primera se encontraba el Caballerizo Mayor, mientras que el Montero Mayor era el mayor responsable del segundo colectivo. Bajo la inmediata tutela y dirección de estos cargos existía un determinado número de empleados cuya misión era básicamente la de organizar cacerías y batidas, así como participar activamente en la correcta ejecución de las mismas. Como ya ha quedado dicho, estos hombres eran los perfectos conocedores de la orografía del terreno, así como de las preferencias de las diferentes especies de interés cinegético.

                A principios del siglo XI –1.085- fue creado un nuevo colectivo, de carácter popular, entre cuyas misiones se encontraban tareas de policía tales como la persecución de malhechores o vigilancia de las riquezas agrícola y forestal. La Hermandad de San Martín de Montiña (Toledo) fue la primera de todas ellas. Con posterioridad irán apareciendo nuevas hermandades, manteniéndose básicamente todas ellas con unos objetivos y una organización comunes. En el año 1.154 fue otorgado el Fuero de la Villa de Molina de Aragón por el Conde Manrique. Dentro de las disposiciones que hacen referencia al ámbito sancionatorio, quedó recogido y contemplado por primera vez el concepto de “daño” entendido única y exclusivamente dentro del contexto legal y jurídico. A partir de este momento esta nueva figura legal quedaría recogida en posteriores disposiciones. Como tales, dicho fuero señaló los perjuicios causados en los bosques por el ganado, actitud esta que sería castigada con mayor o menor severidad según la época del año.

                A partir del siglo XI las Hermandades Populares comenzarían a extenderse de manera rápida por todo el país. Organizados de esta manera, los pueblos conseguían luchar más eficazmente contra las limitaciones que los señores feudales pretendían imponer a los mismos. Al mismo tiempo hay que señalar que a partir de esta época es cuando la mayoría de los pueblos y concejos comienzan a disponer de una normativa municipal propia en la que, entre otros aspectos, quedaban recogidos los referentes a la custodia, aprovechamiento y policía de la riqueza forestal. Con el transcurso del tiempo, estas normas municipales adquirían un desarrollo más complejo. De esta manera, la mayoría de estos pueblos acabarían nombrando a su propio personal encargado de velar por el cumplimiento de las normas municipales. Así sería como este personal acabaría derivando en lo que posteriormente se denominaría guardería municipal.

                En 1.213 el rey de Castilla estableció la Hermandad del Reino. A partir de 1.244, éstas comenzaron a organizarse en el antiguo reino de Aragón. De esta manera, el monarca Fernando el Católico aplicó en el Reino de Aragón los mismos estatutos usados en Castilla.

                Las Hermandades se regían por sus propios estatutos y, al mismo tiempo, los pueblos y concejos, disponían de otra normativa propia sobre el particular. Esto propició que el monarca Alfonso X el Sabio, con la intención de poner fin al desorden provocado por la infinidad de normas particulares, intentara unificar todas ellas. El instrumento sería el Fuero Real. Se trató de una recopilación no exenta para nada de rigor, pues en uno de sus apartados quedó recogido lo siguiente: “Todo hombre que a sabiendas, quemare mieses ajenas o monte, quemen a él por ello, y pague así todo el daño que causare”.

                Gaspar de Aranda, investigador e historiador forestal, apuntó en su día que fue a partir de este momento cuando comenzó a usarse el término “monte” como de terreno que poseía árboles espaciados y escasos. Por su parte “bosque” era un área con arbolado mucho más denso.

                Por muy temprano que a algún lector pueda parecerle, es en esta época cuando debemos buscar el origen de la creación de espacios naturales protegidos en nuestro país. Así fue como el coto denominado “Las Rocinas” fue concedido en propiedad por Alfonso X en 1.265 al padre de Guzmán el Bueno. Así, estos terrenos se protegerían durante siglos. Posteriormente tomarían el nombre de “Coto de Doña Ana” y en la actualidad, buena parte de estos territorios se hallan incluidos dentro del Parque Nacional de Doñana.

                Pocos años después de este positivo precedente, quedarían sentadas las bases de un nuevo hecho, esta vez negativo. En 1.275 Alfonso X el Sabio reorganizó las asambleas y Hermandades de ganaderos con la intención de proteger sus intereses frente a las intromisiones de los agricultores. Así fue como se creó el Honrado Concejo de la Mesta. Fueron nada menos que casi seis siglos de continua actividad que incidió negativamente, provocando una gran deforestación, así como un importante estancamiento de la agricultura.

                A finales del siglo XIII venían desempeñando una loable labor tanto los ballesteros como los integrantes de las Hermandades, también denominados Cuadrilleros. Todos ellos compartían un gran y profundo sentimiento religioso, a la vez que estaban unidos por medio de solemnes votos, a modo de cruzados. Estas circunstancias condicionaron sobremanera que el Papa Celestino V expidiera en 1.248 una Bula por la que concedió a las Hermandades el dictado de Santas. Además, eximió a sus integrantes, entre otros privilegios, de pagar diezmos. También a partir de ahora, todas las hermandades existentes quedarían englobadas en una sola denominada Santa Hermandad Vieja.

              Los integrantes de la misma eran nombrados de acuerdo con el texto del Código de las Siete Partidas, y entre cada cuatro personas, se escogía “uno que tuviese temor de Dios y vergüenza, no obrase mal por codicia, supiese cumplir su obligación y no se enseñase por palabras descomedidas que dijesen los hombres”.

            A pesar de las personas destinadas a vigilar los distintos aprovechamientos de los montes, seguían cometiéndose desmanes en los mismos. Así se le hizo saber durante el año 1.351 las Cortes de Valladolid al monarca de Castilla, Pedro I el Cruel. Ante tal circunstancia, el mentado rey dispuso que quien derribase la encina o pino sería condenado a pagar cien maravedís y a sufrir cincuenta azotes. A todo aquél que los arrancare de cuajo para dedicar el suelo a cultivo agrícola se le condenaría a muerte y a la pérdida de la hacienda. Esta decisión se vería acompañada por otras que pretendieron extender el asentamiento de estas Hermandades a todo el reino, así como la potenciación de las ya existentes, para de esta manera cumplir con el objetivo de su cometido.

                Lejos de que llegaran a cumplirse estas pretensiones, la Santa Hermandad Vieja entró progresivamente en un período de retroceso irreversible, llegando a disolverse en más de una zona. Ante esta nueva dinámica, y como es fácil de imaginar, los delitos contra la propiedad privada y los recursos naturales del país aumentaron notablemente. Serían los Reyes Católicos, como consecuencia de la petición que les realizaron los Procuradores durante la reunión de las Cortes de Madrigal en 1.476, quienes al comienzo de su reinado serían los encargados de reorganizar las Hermandades. 

De esta manera se crea la Santa Hermandad Nueva. Entre sus cometidos se encontraba la vigilancia de animales y plantíos. Cada puesto de esta nueva organización estaría compuesto a partir de ahora de un jinete por cada cien vecinos, así como un hombre de armas por cada ciento cincuenta. Así llegó a contarse con unos 2000 individuos distribuidos entre ocho capitanías de desiguales efectivos, contando con un presupuesto anual de unos 32 millones de maravedís. A principios de 1.492 la Santa Hermandad Nueva comenzó a actuar también en tierras del Reino de Aragón.

Como consecuencia del trato de favor que los Reyes Católicos ofrecían desde hacía ya un buen tiempo al colectivo de ganaderos a través del Honrado Concejo de la Mesta, las protestas y reclamaciones por parte de agricultores y propietarios de terrenos rústicos y forestales se hicieron notar. Ello motivó la aparición en 1.496 de una Pragmática sobre Conservación de Montes y Plantíos para el bien común de los pueblos.     (continuará)

 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Copyright © 2011 AgentesForestales. Todos los derechos reservados.

Desarrollado por Carlos Cuadrado

Joomla! es un software libre publicado bajo la licencia GNU/GPL

Template Designed by Joomlart.com

Ruta: LA PROFESIÓN Historia La vigilancia forestal durante la Edad Media