UN PATRULLAJE MEMORABLE EN 
UGANDA
Gorila de llanura del este, o gorila de Grauer, P. N. Kahuzi-Biega, Rep. Dem. del Congo
Capítulo 4 y final.
Juan Carlos Gambarotta,
Guardaparque en Uruguay
Nos lo pasamos horas subiendo y bajando cerros cubiertos de selva y lamentablemente muy poco fué lo que caminamos mas o menos horizontalmente.
La vegetación cambiaba bastante. La zona donde andábamos literalmente sobre las ramas finas estaba tapizada de arbustos que crecían como una maraña y aqui y allá había árboles bastante altos, otras zonas estaban básicamente compuestas por árboles bastante gruesos, pero mas bien bajos y tapizados de epífitas, típicos de bosque tropical montano por encima de los dos mil metros, pero también había zonas de selva siempreverde y muy rica en especies que se encontraba en los valles.
Fué andando por uno de esos valles que oímos el romper de ramas típico de los gorilas que se están alimentando, oimos el tamborilear del pecho de un individuo y pude ver un macho de espalda negra que estaba de espaldas sobre un árbol y un juvenil que estaba trepado en otro pero mas alto. En un momento ambos bajaron y vimos el movimiento de ramas que indicaba la presencia de la menos seis gorilas. Estaban a unos 100 metros de nosotros y huyeron rápidamente.
Me dijeron que ese grupo estaba en el proceso de ser habituado al público y que recién llevaban seis meses de los dos años que lleva el proceso de habituarlos. También me dijeron que yo era el primer Mzungu (blanco) que veían porque solo se los van llevando en los últimos seis meses comenzando por llevarles uno y aumentando el número de mzungus hasta llegar a ocho.
Unas dos horas después llegábamos contentos al sitio donde pasaríamos la segunda noche. Pero la estación seca venía durando mas de lo normal y el sitio de acampada carecía por completo de agua pese a estar situado en el entronque de una cañada con otra.
Estábamos muertos de cansancio pero debimos seguir cerro abajo hasta encontra agua corriendo.
Erik dio la orden de repartir un puñado de glucosa a cada hombre. La glucosa la comíamos cuando estábamos mas cansados y aparte de restituir energía refrescaba la boca.
!Y yo que creía tener buena experiencia en caminatas!
Los hombres no estaban habituados a pasar por donde debimos seguir e iniciamos la búsqueda de por donde seguir bajando. Realmente era muy difícil desplazarse por esas rocas empinadísimas, resbaladizas y eludiendo el ramerío muerto y vivo.
Muy lentamente y comunicándonos por donde había tramos menos difíciles fuimos bajando y de a poco en el lecho rocoso y abrupto de la cañada comenzaron a aparecer pozos de agua estancada.
Caminando entre las rocas de la cañada seca vi una gran cantidad de hormigas que estaban matando a una lombriz de unos cuarenta centímetros de largo de de un dedo de grosor.
Varios cientos de metros mas abajo del campamento previsto encontramos un ojo de agua lo suficientemente limpia como para tomarla al ser hervida y pese a la inclinación del terreno Erik mandó armar el campamento.
No había lugar donde todos pudiéramos estar juntos y entre una y otra roca del suelo había hoquedades donde un hombre podía caer e irle muy mal.
En media hora de trabajo los componentes de la patrulla cortaron a machete unos metros de la ladera y con la tierra movida crearon un terreno horizontal parapetado con ramas en el cual pudimos entrar todos y hacer fuego. Por allí había bananos silvestres de gruesos troncos y con sus hojas cubrieron el suelo haciendo muy prolijo el espacio para situar nuestas bolsas de dormir.
Al rato ya se elevaba la columna de humo que todos queríamos ver porque significaba una nueva parada, la proximidad de una nueva comida y la certeza de unas horas de gran camaradería.
Cerca de la puesta del sol, comenzó de nuevo a tronar y llovió mas que la noche anterior. Un grupo de monos azules hizo un alto en su desplazamiento para observarnos a 30 metros de distancia.
Este nuevo sitio de acampada fue bautizado con el nombre de Carlos en honor a mi y estaba a 2100 metros de altura.
Yo no lo podía creer, pero en ninguno de los dos campamentos ni me picó ni oí un mosquito. Tampoco los había de día. La magia de la estación seca.
Con la llegada del té saqué el tema de Guardaparques sin Fronteras.
¿Que les parece – les dije – la posibilidad de que se cree un programa de la federación Internacional de Guardaparques con el objetivo de apoyar a los guardaparques que trabajan en parques donde hay conflictos armados?
a idea en principio me atrae y hay que pensar como debería ser ese programa, pero yo creo que lo principal es que guardaparques de otros países compartan el trabajo con los guardaparques de los Sitios que han sido designados Patrimonio de la Humanidad donde hay guerrilleros etc. Se me ocurre que si el sitio es Patrimonio de la Humanidad, sería conveniente que guardaparques provenientes de todos los rincones de esa humanidad compartan los riesgos de proteger esos sitios.
Uganda ahora está tranquila, pero la semana que viene voy a la República Democrática del Congo, concretamente a visitar dos Parques Nacionales que son Patrimonio de la Humanidad y donde hay un número indeterminado de rebeldes armados.
Erik no hizo mas que traducir por un buen rato y luego el mismo expresó su parecer que era igual al de todos. !Si queremos que ese programa sea creado y pronto!
Me encantó ver el entusiasmo que mostraban sus caras y yo mismo quise que el Programa Guardaparques Sin Fronteras estuviara andando.
Por un momento sentí que yo mismo era un Guardaparque sin Fronteras y me pareció sentir que en muchas partes del mundo había si guardaparques que se postularían y que estarían deseando participar.
Cenamos recién a las once de la noche y esta vez no hubo historias. Todos estaban tan cansados como yo...
La luna otra vez mas se lució plateando las hojas de los árboles.
El 23 a las 8 y media, tras comer chapatis con arroz y porotos negros y tras mandarnos un té salimos a recomenzar la caminata.
A causa de no haber podido acampar en el sitio previsto, ya no era práctico volver a subir cientos de metros por aquel terreno que nos ponía a prueba y Erik decidió que bordearíamos el parque, lo que a su vez había que hacer cada tanto para vigilar que no hubiera actividades ilegales.
Durante horas pasamos por magníficos paisajes rurales donde la selva densa de Bwindi cubría cerros y montañas del lado de enfrente a las laderas cultivadas o simplemente peladas por las que caminábamos. El límite del parque ahora lo constituía el arroyito que, cientos de metros mas abajo de nuestro campamento ya corría límpido.
Atravesamos los cultivos de sorgo, maiz y batata dulce de varias aldeas dispersas. Los empinados senderos de montaña eran transitados por mujeres que cargaban la cosecha en bolsas sobre su cabeza y que amenudo cargaban además bebés a sus espaldas. Resignadas y cansadas nos las cruzábamos y yo no podía hacer mas que abrirme para dejarlas pasar.
El paso de un Mzungu formando parte de la patrulla era anunciado a los gritos de una choza a la otra y de una aldea a la otra.
Los niños invariablemente me gritaban !mzungu! Cuando estaban lejos y se reían cuando los saludaba con las manos. Cuando les pasaba cerca me miraban con una mezcla de recelo y curiosidad, pero sonreían cuando yo los saludaba y luego si, al alejarme tomaban ánimo y me gritaban “mzungu”. Esa palabra no es despectiva, simplemente hace referencia a que somos distintos a ellos y la verdad es una palabra que dicha como me la han dicho cientos y cientos de veces es dulce y la extrañaré.
También otras mujeres estaban preparando la tierra con azada y noté que algunas niñas chiquitas tenían hazadas chiquitas para poder trabajar.
Pero la actividad que me daba mas lástima era cuando las veía subir con gran esfuerzo esas laderas asoleadas cargando bidones con agua. Todos los días, varias veces por día bajan cientos de metros hasta el arroyo y vuleven a subir caargando bidones de veinte litros. Vi que algunas niñas cargaban bidones mas chicos...
En certo momento pasamos por unas chozas enteramente hechas de paja, a diferencia de todas las demás que eran de barro y me dijeron que allí vivían pigmeos.
Estos estaban justo sobre el arroyito y dudo que no entraran a cazar al parque muy seguido. Un poco mas adelante y al ir bordeando el arroyo y la selva, nos cruzamos con unas pigmeas bastante altas que vestían ropa muy colorida y fruncieron el ceño al vernos. Noté que ni nos saludaron ni fueron saludadas, caso contrario a lo que venía sucediendo a nuestro paso por las aldeas y al habernos separado unos sesenta metros nos gritaron cosas que tenían el tono de groserías.
Erik movió la cabeza y dijo: “estos pigmeos...”
En cuerto momento se comenzó a oir un extraño sonido, detuvimos la marcha y escuchamos.
“Shu- shu- shu”, si allá abajo, quizás junto al arroyo había alguien y como la curvatura del cerro donde estábamos no permitía ver de que se trataba casi todos los hombres dejaron sus muchilas y bajaron a ver de que se trataba.
Mucho rato después regresaron diciendo que se trataba de un viejo que estaba usando un cernidor de arena para buscar oro. La actividad no era ilegal porque la hacía desde el lado de afuera del parque y lo dejaron tranquilo.
Mas adelante al seguir bajando nosotros encontramos a un grupo de hombres que hacían la misma actividad, pero tras suyo el arroyo ya era otro : estaba amarillo por los sedimentos.
Nuestra agua se había terminado hacía un buen rato y abandonando toda precaución fuí a tomar agua rio arriba de aquel grupo de trabajo.
Tomé mucha agua y llené mi botella con una agua clarísima proveniente de un arroyito de la selva africana. Ahora puedo decir que era un agua excelente.
A la una de la tarde el sendero desembocó en una ruta de tierra y la abandonamos de nuevo para seguir un sendero de un kilómetro en subida, pero sombreado en gran medida por helechos con troncos de seis metros y altos árboles. Por el sendero cruzó delante mio una culebra de 80 cm color oliva brillante, la primera serpiente que veía en este viaje.
Un poco mas y ya a pleno sol comenzamos a oir voces de niños, el rezongo de una madre y aparecieron algunas casas de barro y bananeros : habíamos llegado a Rushaga, fin de nuestra patrulla.
Se cocinó Ugali, porotos negros, algún chapati y mandé comprar cerveza y refrescos para todos.
Juntos festejamos el habernos conocido y agradecí a todos su paciencia.
¿ Vieron la importancia de contar con un mzungu en la patrulla? Les pregunté.
Y cuando se generó la expectativa les dije: !El mzungu sirve para que no puedan andar demasiado rápido y así no se cansan tanto!
Todos se reían cuando me subí a la moto-taxi que me llevaría por 30 km de carretera de montaña hasta Ntebeko, el poblado mas cercano a mi próximo destino :El Parque Nacional Mgahinga Gorila.











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